Jorge Semprún, in Memoriam

Fotografía de Daniel Mordzinski, publicada en EL PAÍS.

Si hace unos años, cuando leía compulsivamente sus libros uno tras otro, me hubiera tenido que pronunciar sobre mi escritor preferido, habría respondido -sin dudarlo un instante- que era Jorge Semprún.
A día de hoy, casi seguro que mi respuesta no sería esa (de hecho, tampoco tendría claro que pudiera decidirme por ninguno en particular), pero no podría dejar de citarlo en una lista que incluyera únicamente a 5 ó 10 de ellos.
Así, casi medio año después de la última entrada aquí, vuelvo a publicar como pequeño tributo público a Jorge Semprún una serie de citas (el homenaje privado será, al igual que el expresado por la ministra de Educación Universitaria francesa la relectura de “La escritura o la vida”); las citas son las que aparecen en el pie de página de los distintos artículos que incluye hoy la edición impresa de “El País”.

Este hacinamiento de cuerpos en el vagón, este punzante dolor en la rodilla derecha. Días, noches. Hago un esfuerzo e intento contar los días, contar las noches. Tal vez esto me ayude…

“El largo viaje” (1963).

Pasionaria ha pedido la palabra. Levantas la vista de los papeles que tienes en la mesa y miras a Pasionaria. Está nerviosa. Se alisa un mechón…

“Autobiografía de Federico Sánchez” (1977).

Vio aparecer el coche de Zapata, que llegaba por la rue Froidevaux. Era un Jaguar. En esto, por lo menos, el viejo truhán no había cambiado de gustos. El coche circulaba…

“Netchaiev ha vuelto” (1987).

Los coches aparcaron junto a la acera. Hubo un ruido de portezuelas que abrían y cerraban. Se desplegaron los escoltas. Un poco más allá…

“Federico Sánchez se despide de ustedes” (1993).

Están junto a mí, abriendo los ojos enormemente, y yo me veo de golpe en esa mirada de espanto: en su pavor. Desde hacía dos años, yo vivía sin rostro. No hay espejos en Buchenwald.

“La escritura o la vida” (1994).

Alzo a contraluz, supongo que para comprobar su estado, una prenda de mi equipo. La luz de un sol ya declinante penetraba, a nuestra izquierda, por una hilera de altos ventanales…

“Adios, luz de veranos” (1998).

¡Ya tenemos el muerto que necesitábamos! – exclamó Kaminisky. Se acercaba a grandes zancadas, ni siquiera esperó a estar junto a mí para…

“Viviré con su nombre, moriré con el mío” (2001).

Michael Leidson llegó a La Maestranza al final de la mañana. Le esperaba Mayoral, el intendente de la finca, que le atendió, ofreciéndole un café, algún refresco…

“Veinte años y un día” (2003).

Se plantea una primera pregunta: ¿por qué un extranjero -por qué concretamente yo- para abrir la discusión de estas conversaciones?

“Pensar en Europa” (2006).

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Acerca de las portadas (v) y otros elementos de diseño editorial

Si la entrada publicada hace unos días -también dentro de la temática de portadas- iba dedicada a las cubiertas de los primeros 1.000 números de Babelia, no hay que ir mucho más atrás, solo una semana, para encontrar el artículo “Diseño inteligente de (libros)” en el número 999 del citado suplemento cultural.

No me resisto a copiar aquí algunos fragmentos del mismo:

Potenciar el libro como objeto a través de su diseño y portada es la mejor arma de las editoriales frente a la versión electrónica. Las mesas de novedades de las librerías son la escena de un espectáculo que ahora se enriquece y aumenta. [...]

Hay colecciones de prestigio cuyo aspecto ha pasado al imaginario colectivo de los lectores. Por ejemplo, los coloridos Compactos de Anagrama, sus Narrativas Hispánicas (en gris) o Panorama de Narrativas (en ese amarillo mayonesa). La colección Andanzas de Tusquets (en riguroso negro) o sus ajedrezados libros de bolsillo, Fábula. El motivo de la “ele” invertida en las cubiertas de Alfaguara y su formato más alargado que el resto. El también alargado formato de Mondadori, con tapa dura. Basta con verlos a lo lejos en el maremagno de la librería para que el lector avisado los identifique.[...]

“Una colección debe partir de una capacidad de ser vista, memorizada, reconocida. No es fácil. Para ello hay que hacer el feliz hallazgo de una imagen muy potente en la que se va a insistir en cada entrega”, explica Enric Satué, que ha diseñado libros para Alfaguara, RBA, Turner o la colección Austral de Espasa: “Si se hace bien, el lector acaba identificándose con la colección, proyecta ahí sus amores literarios. A veces, incluso, como con los colores de los equipos de fútbol el hincha se identifica de manera emocional, como liturgia”.[...]

Artículo de Sergio C. Fanjul
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Junto a dicho artículo, aparecía una doble columna de Alberto Manguel, “Breve historia de las cubiertas”.

[...] Si bien hay ejemplos de cubiertas decoradas en los siglos V y VI, la costumbre de dar a la cubierta su propio valor estético no se estableció hasta siglos después. En la alta Edad Media, y sobre todo en el Renacimiento, las cubiertas transformaron al libro en objeto de lujo, y la encuadernación fue reconocida como un arte en sí mismo, a medio camino entre la orfebrería y la alta costura.

Si la encuadernación artesanal, aún en nuestros días, da a un libro una identidad única y privada, las cubiertas impresas, sobre todo a partir de los finales del siglo XIX, brindan la ilusión de una uniformidad democrática. Curiosamente, sin embargo, esa misma uniformidad puede ofrecer a un libro una nueva vida. Bajo otra cubierta, con otro diseño, un cierto texto se vuelve original, adquiere una virginidad artificial. [...]

Para su lector, la cubierta de un libro tiene algo de documento de identidad, emblema y resumen del libro mismo, una imagen que define y tal vez hasta usurpa la autoridad del texto. No leemos el Quijote: leemos el Quijote con la cubierta que lleva un grabado de Gustave Doré, o el retrato de Cervantes, o la sobria tipografía de los Clásicos Castellanos, o el azul cuadriculado de la Colección Austral. Entre todos estos (y varios más) está mi Quijote: tiene cubiertas negras, letras blancas y un grabado de Roberto Páez. Ese es, para mí, el Quijote auténtico.

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En el primero de los artículos citados, el de Sergio C. Fanjul, se habla del rediseño de la colección de bolsillos de Alianza (aquí ya hablamos hace tiempo sobre Daniel Gil) llevado a cabo por Manuel Estrada y su estudio.
Recomiendo vivamente echarle un vistazo (incluyendo el video, un tanto oculto -al menos para mí- en la esquina superior izquierda) al microsite dedicado a este proceso de rediseño en la web de Alianza Editorial.

Actualización: mucha más información en http://www.manuelestrada.com/news-detail?id=383, de donde copio la siguiente selección de portadas

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Acerca de las portadas (iv)

Desde hace unas semanas vienen apareciendo en entrecomics una serie de entradas dedicadas a recopilar las portadas del “The New Yorker” realizadas por autores de comics (aunque esta última condición, en algunos casos, se ha visto más o menos relajada).

El semanario The New Yorker es, prácticamente desde su primer número (21 de febrero de 1925), el epítome de la sotifisticación periodística. Y desde siempre, ese elevado nivel literario ha venido acompañado de una alta calidad en lo que a ilustración y humor gráfico se refiere. Tanto es así que estos han llegado a convertirse en seña de identidad de la revista, lo cual no es de extrañar si tenemos en cuenta la calidad de sus colaboradores gráficos:< Peter Arno, Charles Addams, Otto Soglow, Saul Steinberg, James Thurber… por mencionar solo a algunos de los más clásicos. Dentro de la revista, o tal vez deberíamos decir fuera, una de las secciones más importantes y características es, obviamente, la portada. The New Yorker ha sabido hacer de sus portadas otra seña de identidad mediante la perpetuación de algunas tradiciones. Por ejemplo, anualmente, a finales de febrero, se reimprime o bien se homenajea la portada de Rea Irvin para el primer número de la revista. Igualmente, es habitual que todos los años se publiquen varias portadas alusivas bien a las estaciones -y en las de invierno a menudo se repite el motivo del patinaje sobre hielo-, bien a festividades nacionales. Y, como no, para mantener cierta coherencia estética se ha mantenido la tipografía y diseño original y se intenta que, dentro de una sana variedad, exista una coherencia gráfica en cubierta. Para ello se recurrió en principio a los propios ilustradores de las páginas interiores de la revista, que solían dar a sus ilustraciones un aire muy cartoon, y más adelante se fueron incorporando nuevos nombres. [...]

Habida cuenta de todo lo mencionado, la cubierta de The New Yorker se convierte en un preciado escaparate para cualquier ilustrador que se precie. Los 45 números anuales son otras tantas oportunidades para mostrar al mundo su habilidad. Y si es cierto que el publicar en The New Yorker sin duda da caché al ilustrador, no es menos cierto que el trabajo de estos ilustradores eleva el nivel de la revista -como mínimo en el aspecto gráfico- sobre otras.

El tio berni en entrecomics

Las diferentes entradas que han aparecido han sido dedicadas a las portadas realizadas por Ana Juan, Ceespepe y Max, Mariscal, Floc’h, Jacques Loustal, Ever Meulen, Robert Crumb, Adrian Tomine, Charles Burns, Ivan Brunetti, David Mazzuccehlli, Daniel Clowes, Richard McGuire, Robert Sikoryak, Chris Ware, Art Spiegelman y Sempé (i, ii, iii).

Por último (aunque recomiendo ir al blog citado y revisar todas y cada una de las portadas a un tamaño adecuado), muestro una de cada una de los autores (en el mismo orden en que aparecen en la lista anterior):

Anexo (26 de enero de 2011): veo en drawn.ca este video en YouTube, The Creation of a New Yorker Cover.

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Acerca de las portadas (iii)

Este fin de semana Babelia -el suplemento cultural del diario El País- llegaba a su número mil.
En la versión digital nos han regalado un microsite que contiene todas las portadas (eso sí, no puedo dejar de citar que las más antiguas son escaneos de una calidad más que mejorable), al que se puede acceder en la siguiente dirección: http://www.elpais.com/especial/babelia/1000-portadas/
Me las acabo de revisar todas y no he podido resistir la tentación de hacer una selección (un tanto a vuelapluma, todo hay que decirlo: algunas por continente y otras por contenido, sin ánimo de que sean las mejores o las que más me interesen/gusten). Ahí van:

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Acerca de las viñetas relativas

Nota previa: tómese lo que sigue como lo que es, una divagación lúdica sin mayores aspiraciones.

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Comentaba estos últimos días con unos amigos -lectores de comics ocasionales o incluso solo puntuales- el tema de la secuencialidad como característica definitoria o no de la historieta.
Primero de viva voz, en una conversación, y luego, ya por e-mail, apoyándome en ejemplos de planchas y enlaces a entradas de otros blogs, trataba de defender que la serialización de viñetas durante páginas y páginas, aún pudiendo ser lo más habitual, no es sino una restricción estructural más o menos autoimpuesta al medio, pero en ningún caso algo implícito al mismo.

Durante la discusión salieron a colación el tiempo y el espacio, su relación con otras artes (música, pintura) y con la historieta.

Pasados unos días (y, sin duda, influenciado por la reciente lectura de “El gran diseño” de Stephen Hawking y Leonard Mlodinow) se me ocurrió una cierto símil físico/viñetil que puede ser una tontería de proporciones épicas (por lo que pido perdón a priori y ruego se tenga en cuenta que no soy físico), pero que en este momento le encuentro sentido.

Según este símil, podríamos decir que la concepción habitual de la historieta como una secuencia de viñetas se correspondería con la física clásica newtoniana y su espacio-tiempo.
Por un lado, tendríamos el espacio (las viñetas) y, por otro lado, como una dimensión independiente, el tiempo (la secuencia de las mismas), que avanza linealmente de forma inexorable en un único sentido.

Sin embargo, aunque la experiencia nos diga que esto se corresponde con la realidad y las leyes físicas existentes parecen predecir con exactitud los acontencimientos, nuevas observaciones nos llenan de dudas; es necesario una revolución, y surge la física relativista que nos dice que no todo es así, que el espacio-tiempo es una entidad, debiendo considerar de forma unificada todas las dimensiones (que, para complicar el tema son relativas y, de hecho, ni siquiera hay acuerdo en cuantas son).
En una misma plancha, espacio y tiempo no existen por separado, sino que son un todo, pudiendo mezclarse, curvarse, transcurrir en paralelo, todo ello sin absoluto, sin un observador privilegiado (a lo sumo, concederemos una constante, la velocidad de la luz, que no es sino el paso de página).
No tiene por qué haber una secuencia lineal de viñetas, sino que los textos y dibujos (ya que ni siquiera estos tienen que estar encerrados dentro de viñetas) se pueden distribuir por la plancha, con secuencia, sin secuencia, con múltiples secuencias, simultaneamente, con tiempo detenido, con tiempos que fluyen a distinta velocidad, sin orden preferido… (Ware, Miller, Herriman, Eisner, Frank King son ejemplos de esto).

Bien es verdad que, como en la física, en la mayoría de los casos, podemos obviar los efectos relativistas y quedarnos con el aspecto newtoniano, leyendo viñetas una detrás de otra, casi siempre de arriba a abajo y de derecha a izquierda, pero sepamos que no siempre es así, y que en determinados casos tenemos que ir a la realidad del espacio-tiempo, tal vez menos evidente, pero más rica y compleja.

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Anexo: algunos ejemplos de planchas relativistas.

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Acerca de la dispersión

Siguiendo mi tradición de tener mil frentes abiertos y no dedicarle esfuerzo a ninguno (o, más bien, que me aburro pronto de aquellos que no son novedad), he comenzado un nuevo tumbleblog dedicado a recopilar recursos sobre Chris Ware; si a alguien le interesa, está en http://someware.tumblr.com/

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Acerca de la veracidad


Esta anotación es sólo para indicar que acabo de escribir la entrada en la Wikipedia en castellano para Vera Nabokov.
(No tengo nada más que añadir; bastante he escrito ya allí, tal vez demasiado // todas las imágenes superiores corresponden al archivo fotográfico de LIFE).

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Acerca de la temeridad

Siguiendo con lo realizado hace unos días para Orwell, he aquí un montaje con algunas de las portadas de ediciones de la Penguin de obras de Virginia Woolf:

montaje_vw.jpg

Con objeto de no dejar la imagen desnuda y copiar algún párrafo suyo, aunque sin tener que buscarlo y teclearlo, hago una búqueda por la cadena woolf en anteriores anotaciones; para mi sorpresa, antes de esta, con mayor o menor importancia en la entrada, la escritora británica era nombrada en 7 de ellas (no tenía la impresión de haberlas citado tanto).
Ante tanta repetición, simplemente dejo el enlace anterior, que recupera el resultado de dicha búsqueda y, simplemente, reuso para esta entrada una falsa portada de Gallardo acompañada de la foto canónica con la que solemos reconocerla:

woolf.jpg
Miguel Gallardo, 2006 / George Charles Beresford, 1902

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Acerca del misterio

Se cuenta que a veces se oyen dos voces hablando en la habitación y que, cuando se abre la puerta, Todhunter siempre está solo. Se habla de un misterioso hombre alto con un sombrero de seda que un día surgió de la niebla, y al parecer del mar, y se paseó por la arena y por el jardincito trasero al atardecer, hasta que le oyeron hablar con el inquilino por la ventana. La conversación pareció acabar en una disputa. Todhunter cerró violentamente la ventana y el hombre del sombrero de copa desapareció en la niebla de nuevo. La familia cuenta esta historia con mucho misterio, pero yo creo que la señora MacNab prefiere otra historia inventada por ella misma: que el Otro Hombre (o lo que quiera que sea) se desliza cada noche desde un baúl que hay en un rincón y que está cerrado durante el día.

Un fragmento del relato “La ausencia del Señor Glass” de G. K. Chesterton, perteneciente al volumen “La sagacidad del padre Brown” (traducción de Miguel Temprano García).

liniers.jpg

Una de las tiras de “Macanudo”, por Liniers.

Al igual que la anterior entrada, una nueva asociación mental. Mientras leía estas lineas en el volumen que ha editado Acantilado con los relatos del padre Brown no podía visualizar al personaje descrito de una forma diferente al misterioso hombre de negro, uno de los personajes de la genial tira de Liniers.

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Acerca de perros y humanos

goya_agreda.jpg

Curiosas asociaciones mentales, que a la vista de una imagen (la de la derecha, de José Luis Agreda), te traen a la mente inmediatamente otra (la de la izquierda, la pintura de Goya), que aparentemente no tienen mucho que ver, salvo una curva que delimita de alguna forma primer plano y fondo.

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