Jorge Semprún, in Memoriam

Si hace unos años, cuando leía compulsivamente sus libros uno tras otro, me hubiera tenido que pronunciar sobre mi escritor preferido, habría respondido -sin dudarlo un instante- que era Jorge Semprún.
A día de hoy, casi seguro que mi respuesta no sería esa (de hecho, tampoco tendría claro que pudiera decidirme por ninguno en particular), pero no podría dejar de citarlo en una lista que incluyera únicamente a 5 ó 10 de ellos.
Así, casi medio año después de la última entrada aquí, vuelvo a publicar como pequeño tributo público a Jorge Semprún una serie de citas (el homenaje privado será, al igual que el expresado por la ministra de Educación Universitaria francesa la relectura de “La escritura o la vida”); las citas son las que aparecen en el pie de página de los distintos artículos que incluye hoy la edición impresa de “El País”.
Este hacinamiento de cuerpos en el vagón, este punzante dolor en la rodilla derecha. Días, noches. Hago un esfuerzo e intento contar los días, contar las noches. Tal vez esto me ayude…
Pasionaria ha pedido la palabra. Levantas la vista de los papeles que tienes en la mesa y miras a Pasionaria. Está nerviosa. Se alisa un mechón…
Vio aparecer el coche de Zapata, que llegaba por la rue Froidevaux. Era un Jaguar. En esto, por lo menos, el viejo truhán no había cambiado de gustos. El coche circulaba…
Los coches aparcaron junto a la acera. Hubo un ruido de portezuelas que abrían y cerraban. Se desplegaron los escoltas. Un poco más allá…
Están junto a mí, abriendo los ojos enormemente, y yo me veo de golpe en esa mirada de espanto: en su pavor. Desde hacía dos años, yo vivía sin rostro. No hay espejos en Buchenwald.
Alzo a contraluz, supongo que para comprobar su estado, una prenda de mi equipo. La luz de un sol ya declinante penetraba, a nuestra izquierda, por una hilera de altos ventanales…
¡Ya tenemos el muerto que necesitábamos! – exclamó Kaminisky. Se acercaba a grandes zancadas, ni siquiera esperó a estar junto a mí para…
Michael Leidson llegó a La Maestranza al final de la mañana. Le esperaba Mayoral, el intendente de la finca, que le atendió, ofreciéndole un café, algún refresco…
Se plantea una primera pregunta: ¿por qué un extranjero -por qué concretamente yo- para abrir la discusión de estas conversaciones?












